Alex Harris nación y creció en Atlanta (Georgia) y estudió en Yale, donde obtuvo una licenciatura en psicología en 1971. Fue allí donde realizó su primer reportaje fotográfico, aunque en ese momento no era consciente de que llegaría a ser fotógrafo.
En la primavera de 1970, cuando contaba veinte
años de edad, Harris se había inscrito en un seminario de fotografía pero no
pudo acudir a las clases porque el 23 de abril, el entonces presidente de la
universidad Kingman Brewster, suspendió
la actividad académica y escandalizó a las autoridades locales por unas
declaraciones realizadas en la facultad y que fueron filtradas a la prensa. Con
motivo de la detención por asesinato del líder de los Panteras Negras, Bobby
Seale, Brewster afirmó que dudaba de la capacidad de los revolucionarios negros
para lograr un juicio justo en cualquier lugar de los Estados Unidos. Esta
afirmación, que era compartida por una gran número de estudiantes, llevó a más
de quince mil jóvenes, la mayoría de ellos estudiantes blancos de clase media a
acusar de discriminación al sistema de justicia penal de Estados Unidos.
Harris expuso siete carretes
de 35 milímetros durante los tumultos del 1 de mayo, convirtiéndose el
reportaje en su primer proyecto documental auto-asignado. Aunque esas imágenes
no fueron impresas hasta 37 años más tarde, ya entonces fue consciente de que
poseía una cualidad esencial para cualquier fotógrafo documental, la de
sumergirse en un mundo y al mismo tiempo observarlo desde un paso atrás en el
momento de realizar la fotografía.
Alex Harris estudió con el fotógrafo documentalista Walker Evans, que se convirtió para él en un modelo no sólo como fotógrafo, sino también como persona que defendía una forma de vida más individualista y menos conformista. La influencia de Evans y la atracción de Harris por la forma de arte sin ornamentos que era la fotografía documental de realismo social, suponían un buen punto de partida para el joven fotógrafo. Evans instaba a sus alumnos a que prestaran más atención a “la vida en la calle” y menos al arte que ya se había hecho, a mirar un lugar desde dentro y desde fuera, y a dejar que hablara su propio idioma. A pesar de la influencia de Evans, que se deja ver más en sus primeros trabajos, Harris desarrolló su obra de forma diferente a su maestro de manera que ésta se ha desarrollado siempre en relación con lugares a los que él volvía continuamente, o donde incluso vivía algunos períodos de tiempo y en los que su relación con el entorno se hace notar, de algún modo él está presente en su obra.
Harris empezó a dar clases a
mediados de los setenta en la Duke University, donde fue miembro fundador del
Center for Documentary Studies, así como uno de los fundadores de DoubleTake Magazine.
Paralelamente, durante casi tres décadas, comenzó a pasar sus períodos
vacacionales en la zona de Nuevo México, hasta el punto de instalar su segundo
hogar en la lejana aldea montañosa de El Valle. Allí realizó algunos de sus
trabajos más importantes, aunque también hizo abundantes fotografías en aldeas
esquimales de Alaska y a lo largo y ancho del sur de Estados Unidos.
A partir de 1979 Harris
comienza a trabajar en color, con una cámara panorámica de gran formato,
capturando la intensidad, la claridad y la luminosidad de colores de lo que se
conoce como la “tierra del encanto”. Si bien en su primera etapa documental sus
imágenes buscan la figura humana, en las fotografías realizadas en Nuevo México
ésta desaparece prácticamente por completo y sim embargo, las imágenes
realizadas en habitaciones vacías hablan de forma elocuente y poética de las
personas que las habitan, aunque no estén presentes.
En 1998, Harris viajó a Cuba
y pasó diez días en La Habana, trabajando con imágenes de automóviles, algo que
ya había hecho anteriormente en algunas zonas de Estados Unidos. Sin embargo,
si bien en su anterior serie realizada en Nuevo México, el propósito del autor
era mostrar los coches personalizados de los jóvenes como una extensión del yo,
como un símbolo de estatus social con el que circular lentamente por la calle,
para ver y ser visto, una especie de
templo que delata la personalidad de sus propietarios, en su trabajo realizado
en La Habana, Harris busca un punto de vista muy diferente al retratar el
paisaje y la vida a través de parabrisas viejos y borrosos, de tal manera que
el resultado nos causa el efecto de ser viejas fotografías revestidas de
terciopelo, paisajes enmarcados, lugares capturados.
Quizás una de las cosas más
importantes que se intuyen en las fotografías de Alex Harris, es que tanto en
los lugares que pasó largas temporadas como en aquellos otros a los que fue por
cortos períodos, no se observa en ningún momento la mirada de una persona de
paso, sino que de alguna manera se puede sentir la forma en que él se integra
en cada uno de esos espacios. Especialmente la decisión de Harris de vivir durante años en las mismas aldeas
que fotografió da uniformidad a su obra y la distingue de las de otros muchos
fotógrafos que se interesaron como él en la zona de Nuevo México.
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