jueves, 28 de febrero de 2013

Yokohama Shasin



                                                   © Felice Beato


Cuando en 1858 Japón puso fin a su aislamiento, que había durado alrededor de 250 años, y firmó tratados comerciales con Estados Unidos y otros países, se produjo una gran entrada de extranjeros en la isla. Los occidentales fueron autorizados a residir en los puertos ligados a los tratados, así Yokohama, Kobe y Hakodate se convirtieron en los primeros lugares a los que acudieron no sólo comerciantes y empresarios ya que los turistas y viajeros ávidos de conocer las costumbres de oriente también llegaron hasta allí. 

Entre la población que se estableció en estas ciudades también había fotógrafos occidentales que en algunos casos llevaban tiempo en oriente como reporteros de guerra, tal es el caso de Felice Beato, y otros que emprendieron el camino hacia lo desconocido. Desde la década de 1860 tanto los fotógrafos extranjeros como los japoneses empezaron a establecer allí sus estudios a los que acudían principalmente los foráneos. La llegada masiva de turistas hizo que surgiera un lucrativo negocio ya que las fotografías y tarjetas ilustradas se convirtieron en recuerdos populares. Las imágenes de los cerezos en flor, las geishas, el monte Fujiyama, los acarreadores o los rickshaws, fueron las más demandadas. Las imágenes solían venderse en álbumes que contenían alrededor de 50 fotos. De este modo cuando los viajeros volvían a sus lugares de origen podían mostrar a sus conocidos los exóticos lugares que habían visitado.

Así pues el mercado turístico dio lugar al “Yokohama Shasin”, (fotografías al estilo de Yokohama), título que se refiere a las fotografías realizadas tanto por los fotógrafos japonés como por los occidentales residentes en la ciudad, entre los años 1860 y 1880. El género conocido con este nombre consistía en imágenes realizadas en blanco y negro, o en placas de cristal, que eran coloreadas a mano con pigmentos especiales. En poco tiempo la técnica se convirtió en un auténtico arte y los grandes estudios fotográficos contrataban a pintores japoneses para realizar dicha labor.

Tanto los fotógrafos occidentales como los locales, entre los que se encontraban Adolfo Farsari, Felice Beato, Kusakabe Kimbei, Tamamura Kozoburo, el Barón Von Strillfied, Ogawa Kazumasa y Uchida Kuichi, realizaron trabajos en los que el tema principal, la composición y el coloreado a mano representan una llamativa combinación de las convenciones y técnicas de la fotografía occidental con las de la tradición artística japonesa, sobre todo con el ukiyo-e (estampas japonesas realizadas mediante xilografía). Dichos fotógrafos dieron la clave de las imágenes gracias a las cuales se conoce la Era Meiji de Japón. Dieron lugar también a que los japoneses cambiaran el modo en que se veían a sí mismos y a su país. También a través de las sus imágenes dieron notoriedad  a mausoleos y otros lugares que hasta ese momento estaban reducidos al ámbito familiar y que a partir de ese momento trasladaron a una audiencia más amplia. 

Las fotografías realizadas con estas técnicas eran caras de producir, un retrato podría costar fácilmente casi un mes del sueldo de un artesano, ese fue sin duda uno de los motivos por los que los trabajos estaban destinados a ser adquiridos por una clientela residente en los enclaves extranjeros, tanto europeos como americanos y entre los turistas que visitaban la isla. Para atraer a sus posibles clientes los fotógrafos no dudaron en recrear escenas que denominaban de “usos y costumbres”. También se utilizaron las fotografías de estos autores para ilustrar libros, como inspiración para algunos pintores o para registrar eventos y visitas de dignatarios extranjeros a Japón.

A finales del siglo XIX la llegada de las nuevas tecnologías y el consiguiente aumento de fotógrafos aficionados produjo un tremendo impacto negativo en la fotografía comercial. Para paliar en parte las perdidas algunos fotógrafos como Farsari, ofrecían a los aficionados el uso gratuito del cuarto oscuro, para que pudieran revelar sus imágenes, y de ese modo los atraían a su estudio con el fin de animarles a comprar alguno de sus trabajos. 

Es difícil en ocasiones estar seguros de cuál de los fotógrafos de la época realizó una imagen concreta, ya que era práctica común que éstos compraran fotografías a otros y que las vendieran bajo su propio nombre. Además, aparte de la costumbre que existía entre los propios fotógrafos comerciales de intercambiar negativos, había un buen número de fotógrafos independientes que vendían sus trabajos a más de un estudio. 

En cualquier caso la calidad de los trabajos de estos autores ha sido valorada por los críticos de forma desigual. Por ejemplo Terry Bennett, especialista en la temprana fotografía asiática, se refiere al trabajo de Farsari como “inconsistente y carente de la calidad encontrada en los trabajos de Beato, Stillfired o Kusakabe.” Pero Bennett también reconoce que Farsari empleaba excelentes artistas, usaba los mejores papeles para imprimir y producía “increíbles fotografías coloreadas”.
Muchas de las fotografías y álbumes de estos autores pueden encontrarse hoy en día en numerosos museos y colecciones privadas de todo el mundo.


                                                    © Kusabe Kimbei

                                                © Barón Von Stillfried

                                                  © Adolfo Farsari


© Anonimo

           
                                                      © Felice Beato


                                              © Tamamura Kozoburo
                                                 

                                              © Uchida Kuichi



4 comentarios:

  1. Muy bien documentado.
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      Un saludo,

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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